viernes 23 de mayo de 2008

sex

El Contrato



Lujosa oficina, una joven teclea frente al ordenador, frente a ella tres jóvenes esperan sentadas a ser recibidas por el jefe de personal.



¿Vienes por el trabajo?- pregunta la morena a la rubia.



Claro, ¿a qué si no?- responde irritada aquella.



Dicen que es una empresa estupenda, pagan muy bien- interviene la pelirroja.



La empleada del ordenador las observa por encima de sus gafas y sonríe maliciosamente sin dejar de teclear.



Se abre una puerta y por ella sale una joven sonrojada y manifiestamente furiosa, a grandes zancadas se dirige a la puerta de salida, desde allí se vuelve a las que esperan:



Que os aproveche el "trabajo", guapas. Yo no lo quiero- cierra de un portazo.



¡La siguiente, pase la siguiente!- pide un hombre desde una puerta al fondo- no tenemos todo el día señoritas, quien es la...



Yo, yo- se apresura la rubita levantándose del asiento- yo soy la siguiente.



La puerta se cierra tras ella. Las dos que quedan se miran entre sí con gesto preocupado e intranquilo.



Un amplio despacho confortablemente amueblado. Al fondo, junto al ventanal, una mesa de grandes proporciones, tras ella un hombre de unos treinta y cinco años, en mangas de camisa y corbata suelta, mordisquea distraído las gafas que sujeta con una mano.



A su derecha un amplio sofá y dos sillones rodean una mesita baja, en uno de los sillones puede verse a otro hombre, más joven. El tercero se dirige a la joven, cogiéndola por el codo, hacia la mesa de despacho.



Aquí está la siguiente.



Veamos, acércate jovencita. ¿Cómo te llamas?



Karmelle, señor Director. Soy muy buena con las manos, quiero decir que soy rápida con el teclado y tengo experiencia. Además... necesito el trabajo. En casa somos cinco y... ninguno tenemos empleo. Puede contratarme por el salario que quiera, no soy exigente- guarda silencio, intranquila, expectante.



Bueno, bueno, no es fácil decidir, ¿sabes? Hay otras candidatas muy buenas, debes demostrar que eres la mejor, que te integrarás en la compañía y no pondrás reparo a servirla en lo que se te pida, ¿entiendes? en todo lo que se te pida.



Sí señor, soy muy disciplinada, no crearé ningún problema. Trabajaré las horas que sean necesarias, puedo...



El hombre del sofá la toma de la mano y la sienta a su lado, luego comienza a acariciar sus muslos y la besa en los labios, la joven se resiste débilmente.



No seas tonta, estás entre amigos, entre compañeros. Si pasas esta prueba te quedarás con nosotros hasta que tú quieras, tendrás el trabajo. Ahora debes mostrarme tu habilidad con las manos.



Necesito un ordenador, el teclado...



Nada de eso gatita, sólo necesitas esto- desliza la cremallera del pantalón y le muestra el falo ya endurecido- adelante, manéjalo a tu antojo, con esta "pluma" debes firmar el contrato.



La joven vence sus escrúpulos ante la promesa del contrato y acaricia y masturba al hombre durante un tiempo, luego se ve obligada a continuar su “prueba” con la boca. De pronto se acerca por detrás un segundo individuo y de un tirón arranca sus braguitas, apunta el miembro entre las nalgas y se adentra sin más en el sexo de la joven que, con la boca llena, no puede protestar ante la invasión.



Los tres hombres se alternan en penetrarla una y otra vez por el ano, boca y vagina. Por turno irán eyaculando sobre el pubis, rostro y ano de la mujer, cada vez más identificada y satisfecha de su "trabajo".



Cuando terminan pide su contrato que es "firmado" con un último chorro de esperma de uno de los hombres.




El probador de condones y el bien y el mal II

Cuando descargué toda mi leche, saltó la alarma del condón experimental AXZ13400 avisando que el depósito seminal estaba lleno. Luego vibró por unos segundos y noté come se me escurrían un par de gotas más de semen.

Carmen me lo quitó con cuidado, me besó los cojones y guardó el condón en una bolsa de muestras como las que usa la poli cuando no tiene bolsas vacías de ganchitos.
Acto seguido se tumbó de espaldas en la cama, se abrió de piernas y le hice un cunillingus metiéndole tres dedos en el ano. No se estaba quieta, y se me corrió en poco menos que un par de minutos. Le llené de babas hasta el ombligo.

Se metió en el lavabo para lavarse el coño y yo cumplimenté el protocolo de ensayo del prototipo. Carmen es la esposa del Consejero Delegado de la empresa, y el piso donde me encontraba hace las veces de laboratorio secreto para probar los nuevos productos más sotisficados, sin peligro de ser víctimas de espionaje industrial; el Consejero Delegado, no lo pasa bien con estas pruebas en las que participa su mujer; pero sólo confía en ella. La I+D en España, es muy costosa y no pueden arriesgarse las empresas a tirar el dinero tras años de investigación.
Una mierda, fue al de mantenimiento al que se le ocurrió la idea y presentó un prototipo hecho con el dedo de un guante que la mujer de la limpieza le dejó para desembozar un inodoro atascado.

— Me las piro, que tengo que ir a recoger al crío al gimnasio. — le grité a Carmen ya desde la puerta.
— Vale, hasta mañana. — me respondió sin decirme ni siquiera, cariño.


Cuando salí a la calle y pasé frente al mendigo, chupaba un hueso de pollo. Intentaba repelar los trocitos de carne que tenía enganchados, pero sin éxito.
Por lo menos se distraía…

— ¿Qué miras imfécil?

Me mordí la lengua y no hice mención a la felación gratuita que acababa de realizar.
Me dirigí a la salida del callejón pensando en su miseria y alegrándome de no estar en su pellejo, pensando si dar media vuelta y meterle mi polla en la boca para que aprendiera sobre el hipotético bien que viene tras el mal.
Cuando iba a torcer a la izquierda, di una última mirada al callejón; Carmen estaba parada frente al campamento del mendigo y le hablaba ofreciéndole algo que llevaba en la mano.
Di media vuelta y me acerqué hasta ellos.

— ¿Qué hablas con este tío?
— Lo del otro prototipo de condón. — me respondió al oído.

El mendigo se había bajado los pantalones y parapetado entre los cartones, se colocaba el condón sacando la lengua.

La dignidad y la clase, definitivamente, son innatas, pensé. Y no es crueldad, es mera biología.

— Le he prometido 50 € si se masturba con él. — me susurró de nuevo.




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